Entre tanta pantalla gigante envolvente, puesta en escena 3D, hologramas de cantantes que ya no están y mil quinientos artistas mega consagrados en un mismo show a veces uno se olvida lo lindo que es simplemente ir a un lugar a escuchar música en vivo. Que salga una banda y que logran captar la atención de la gente porque la rompen con sus temas y porque su química sirve como el mejor de los efectos especiales. Se puede decir que quienes estuvieron presentes en el show de La Vela Puerca sintieron eso.
La cita fue en el GEBA y la excusa fue la presentación de Piel y Hueso. En agosto del año pasado, cuando se presentaron en el Malvinas Argentinas, habían anticipado un par de canciones del que sería su nuevo trabajo. En la noche del sábado tocaron entero el disco doble, ni un track del álbum quedó afuera. “Es un placer estar presentando estas canciones aquí. Bueno, esto viene para largo, así que basta de cháchara y a rockear un ratito”, sentenció el Enano apenas pasadas las primeras tres de la noche. Y tenía razón, porque al final fueron más de 30 temas los que sonaron. Pero para los que siguen a La Vela, el número no sorprende.
Como nos tienen acostumbrados, sonaron increíbles. Después del primer tema, lograron acomodar el sonido y así siguió toda la noche. Uno de los inconvenientes que tienen los estadios tan abiertos como el GEBA es que a veces las voces se pierden con el viento (y no es un giro poético) pero tanto al Enano como a Cebolla se los escuchó a la perfección. Un detalle más que importante, sobre todo es esos momentos en los que se ponen de perfil al público y hacen ese ida y vuelta entre ellos que se convierte en uno de los puntos más interesantes del show.
Los tracks de piel y hueso fueron pasando mezclados entre clásicos de otros discos. Salvo cuando armaron el set acústico para tocar los más tranquis, esos seis que están en el segundo disco. Y así como en los potentes la sección de vientos se roba toda la atención, en los lentos (por ponerle un nombre) son las cuerdas las que toman el protagonismo. Salvo cuando sonó El Buitre, que quien llamó la atención fue una impresionante rubia que subió a cantar. Liz, la presentó Cebolla. La aprobación no tardó en llegar. “Tranquilo muchachos que tiene novio, y está arriba del escenario”, aclaró. Nadie tardó mucho tiempo en darse cuenta quién era el afortunado. “Que bien que estás comiendo Enano”, se escuchó clarito desde el campo. “Y sí, me pasé al oliva”, contestó entre risas. Pero más allá de la presentación en sociedad de la muchacha en cuestión, el set acústico fue impresionante. Aunque varios aprovecharon el momento de tranquilidad para buscar algo que calentara el cuerpo.
Los primeros temas que sonaron fueron los tres que abren el nuevo disco. Sobre la Sien, Y Así vivir yLa Teoría abrieron la noche. El orden no duró mucho más, Todo el Karma y Sigo Creyendo fueron los últimos del Piel y Hueso. El final estaba claro cómo iba a ser, una seguidilla de hits, los de siempre, los que no pueden faltar nunca. Cada uno con su respectivo ritual, en Mi Semilla el Enano se sentó al borde del escenario y en José Sabía se ubicó sobre una silla, guitarra en mano, en medio del escenario. También pasaron Llenos de Magia, Por la Ciudad, Zafar y Va a Escampar. Para despedirse eligieron un himno, El Profeta. A esta altura ya todo el estadio estallaba, en el campo, en la platea, no había nadie quieto en su lugar. Eran 14.000 personas saltando al mismo tiempo. Y como si fuera un hechizo de que de golpe se termina, cuando sonó el último acorde del tema la gente empezó a irse. Público fiel que conoce a su banda y sabe a la perfección cuando llegó la hora de la despedida.
GRACIAS POR TANTO. POCAS VECES ESTUVE TAN FELIZ.

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